Esta vez estábamos de vacaciones en el sur, en el Lago Ranco. Una mañana salimos a caminar con Dante por la playa, recorriendo la orilla y mirando con calma entre las piedras para ver qué podíamos encontrar mientras disfrutábamos del lugar.
Llegamos a un sector cubierto de piedras de distintos tamaños y colores. Caminar por ahí obligaba a avanzar con más cuidado y precaución para no resbalar o perder el equilibrio, porque cada piedra tenía una forma distinta y entre los espacios se acumulaban pequeños palos y restos naturales del borde del lago.
Había piedras claras, grises, café y otras con manchas oscuras. Mientras avanzábamos, Dante se agachó de pronto y me llamó.
—Papá, mira.

Entre las piedras había un pequeño anfibio casi del mismo color que el suelo. Si no se movía, era muy difícil distinguirlo. Tenía tonos café, beige y algunas manchas oscuras que se confundían con el dibujo de las rocas.
Ya conocíamos esta especie. En otra salida habíamos encontrado un ejemplar más verdoso, así que nos llamó la atención ver ahora uno de coloración tan distinta. Era un sapito de cuatro ojos, Pleurodema thaul, una especie que puede presentar una gran variedad de colores. Hay individuos café, grises, beige o verdosos, muchas veces con manchas que ayudan a que pasen desapercibidos en el ambiente donde viven. Mide aproximadamente entre cuatro y seis centímetros y es uno de los anfibios con mayor distribución en Chile, desde Atacama hasta Aysén.
Dante lo tomó con cuidado para observarlo mejor y yo aproveché de sacar algunas fotos. En sus manos se veía con claridad el dibujo de la espalda y, cuando lo mirábamos desde arriba, aparecía la característica que le da su nombre.

Sobre la parte posterior del cuerpo tiene dos glándulas lumbares ovaladas y oscuras que parecen otro par de ojos. No son ojos verdaderos, pero vistos desde atrás pueden cambiar por completo la apariencia del animal. Algunos estudios describen que, cuando se siente amenazado, puede levantar esa zona del cuerpo y presentar esas manchas hacia un depredador, dando la impresión de ser un animal más grande. Estas glándulas también producen secreciones que cumplen una función defensiva.
—Pareciera que estuviera mirando para atrás —comentó Dante.
La observamos un rato y se notaba cómo su abdomen se movía suavemente al respirar, mientras mantenía las patas recogidas y preparadas para saltar. Al acercarla nuevamente a las piedras, el camuflaje volvió a sorprendernos porque bastaba apartar la vista unos segundos para perderla entre los colores y las formas de la playa.
El sapito de cuatro ojos habita cerca de ríos, lagunas, arroyos, canales y otros ambientes con agua. También puede vivir en bosques húmedos, matorrales y sectores intervenidos por las personas. Esa capacidad de adaptarse a lugares distintos ayuda a explicar por qué es una de las especies de anfibios más extendidas del país.

Después de observarlo y grabar algunos planos, Dante lo dejó exactamente donde lo había encontrado. El pequeño anfibio avanzó entre las piedras y en poco tiempo volvió a confundirse con ellas.
Seguimos caminando por la orilla del Lago Ranco, contentos con el encuentro. Los anfibios no eran los animales que veíamos con mayor frecuencia en nuestras excursiones, por eso cada vez que aparecía uno nos deteníamos con especial atención. Ese ejemplar, escondido a plena vista entre las piedras, nos recordó que para encontrar algo interesante no siempre hay que ir muy lejos.
Ese era justamente el sentido de nuestras caminatas, salir temprano, mirar con calma y dejar que el lugar nos sorprendiera.